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Amaro Pargo: El último gran corsario del Atlántico

Durante siglos, la tradición oral y el romanticismo literario han pintado a este tinerfeño como un pirata. Sin embargo, cuando acudimos a los archivos históricos, descubrimos algo mucho mejor. Amaro Rodríguez-Felipe y Tejera Machado no era un criminal del mar; era un noble, corsario de la Corona, estratega y uno de los benefactores más importantes de sus tiempos.

De Tenerife a dominar el Atlántico

Nacido en San Cristóbal de La Laguna en 1678, Amaro creció en una época convulsa y de constantes guerras internacionales. Lejos de la vida de un forajido, su trayectoria estuvo marcada por una disciplina meticulosa para los negocios y la navegación.

Amaro Pargo no robaba barcos para su propio beneficio en los márgenes de la ley. Él operaba con una patente de corso emitida por la Corona española. ¿Qué significaba esto? Que era, a todos los efectos, un guardián oficial del océano. Al mando de su célebre fragata, El Ave María y las Ánimas, Amaro tenía permiso legal del Rey para atacar y capturar buques enemigos —principalmente ingleses y holandeses— que amenazaran la seguridad y el comercio de las islas y de la Carrera de Indias.

Su eficacia en el mar fue tan demoledora y su lealtad tan valorada que, en 1727, el mismísimo rey Felipe V lo reconoció oficialmente como Noble, otorgándole una certificación de Nobleza en Armas. Los imperios extranjeros y enemigos le temían.

Corsario en el océano, protector en casa

La verdadera genialidad de Amaro Pargo no estaba solo en cómo ganaba la fortuna, sino en lo que hacía con ella en tierra firme. Tenía una mentalidad económica avanzada para el siglo XVIII: el dinero no debía acumularse en un cofre, debía moverse y revertir en la sociedad.

Utilizó sus ganancias como gran comerciante exportando tesoros locales como el vino malvasía hasta América, para convertirse en el protector de los canarios más desfavorecidos. Impulsado por una profunda fe religiosa y su estrecho vínculo espiritual con la sierva de Dios Sor María de Jesús de León y Delgado (cuyo cuerpo incorrupto se venera en el Convento de Santa Catalina de Siena), Amaro financió orfanatos, pagó la manutención y educación de niños abandonados y mejoró las condiciones de los presos de la Cárcel Real.

Su mayor hito de orgullo llegó en los momentos más oscuros de Tenerife. Cuando la isla se vio azotada por terribles épocas de escasez y hambruna, Amaro Pargo no dudó en donar barcos enteros llenos de cereales (trigo y cebada).

El enigma de su tesoro escondido

La leyenda cuenta que en alguna de las cuevas de la escarpada costa de Tenerife, o bajo el suelo de sus propiedades, descansa un botín colosal de oro, plata, alhajas y sedas orientales que el corsario arrebató a sus enemigos en el Atlántico.

Aunque la arqueología y la historia no han encontrado pruebas sólidas de ese cofre enterrado, la tradición oral ha mantenido vivo el misterio como parte de nuestra magia isleña.

Una huella que el tiempo no ha borrado

Hoy en día, el legado de Amaro Pargo sigue latiendo con fuerza. En la localidad de Machado (El Rosario), aún se conservan las ruinas de su casona tradicional, un lugar estratégico desde donde el corsario pasaba largas temporadas controlando con una mirada privilegiada el tráfico marítimo desde Radazul hasta el Porís.

Amaro Pargo falleció en 1747 a los 69 años, su historia no es un cuento de ficción; es patrimonio vivo de Canarias.

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